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Atrapar el instante, escribir la eternidad

  • hace 2 días
  • 2 Min. de lectura

Isabel Frías


Al escribir, las raíces originadas de la mente crecen, tuercen y entretejen, buscan una luz para desprenderse de las tinieblas donde emergieron. Al hallar ese punto se establece una conexión irrepetible entre dos lugares, el escrito y quien lo lee. Clarice Lispector construyó un puente mágico que une el instante en que escribió Agua Viva (1973) con el instante en que el lector toma el libro y lee los fragmentos de la mente de una persona hechizada por su mente alegórica y el acto reivindicado de la escritura.

El género de Agua Viva no se puede definir con la misma simpleza que subyacen a otros libros. Es un texto elaborado por párrafos que siguen el recorrido del pensamiento de una narradora que recompone las imágenes de su cabeza, las detiene e inspecciona para luego conquistarlas con un lenguaje que fluye como arroyo o manantial.

Sus palabras son precisas, llenas de dulzura y alegría. Incluso cuando atraviesa las emociones o recuerdos en los que resalta la tristeza o abunda la decepción o el temor, el valor se mantiene erguido. No hay obstáculo alguno que logre frenar el tren que construyó a partir de un simple e inefable propósito: atrapar el instante.

Lispector evoca un umbral, tan vasto como el universo, de toda la vida que reside en la vida misma. Al leerla parece que el lector se encuentra en un laberinto envuelto por paredes abísmales y caminos de espejos. Habla a Dios, describe sueños, define flores, admira animales, llama al amor, anhela libertad y después, como el polvo que cae de una estrella fugaz, retoma su búsqueda por capturar la existencia con la palabra. Y así, como un bucle, todo se repite, rebobina, continúa, se detiene y no para.

El libro funciona de la misma manera que el pensamiento, es un caos resuelto que expresa con determinación aquello que calla con gracia. La mente de la remitente corre hacia un destino como la flecha que sostiene Sagitario y el blanco al que atraviesa es al destinatario que no conocemos y a la vez que somos nosotros mismos. Es un juego de dos en el que participa pasado y presente y deja al futuro en la oscuridad. Lispector enseña que la escritura solo puede atrapar lo que sucede ya, las palabras no quieren alcanzar al mañana, ellas deciden quedarse en el ahora y otorgar vida al instante.

Agua Viva marca el nacimiento de algo que, cuando es visto o atrapado, sin importar el tiempo o el espacio, vuelve a vivir, y de esa manera, no morirá jamás.



 
 
 

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