El extranjero, el calor y las relecturas

 

 

 

Hace unos días circuló una imagen que muestra un tinaco que se derrite. El tinaco está vacío, encima del techo de una casa, al parecer un palomar del INFONAVIT. Desconozco si esa foto se tomó en Terror, Coahuila (la verdad no le creo tanto a Internet), pero el año pasado circuló otra foto, que sí fue tomada en Torres, de un semáforo fundiéndose, también por el calor.

Cada nueva temporada de calor, en La Laguna (supongo que en todo el mundo), la sufrimos más que la anterior. Las temporadas son más intensas y largas cada año. Y todavía hay gente que no cree en el cambio climático.

 

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Estoy releyendo El extranjero, de Camus. La primera vez que lo leí tenía 16 o 17 años, mi papá seguía vivo, yo todavía no me decepcionaba de mi carrera, ninguna muchacha me había roto el corazón y aún creía que las amistades no se traicionaban. Estaba chavo, pues, y aunque no se me hacía tan fácil, mi mayor preocupación era conseguir dinero para comprarme cachuchas y tenis Adidas, salir con morritas, escuchar rap, buscar la barda más chida para pintarla y de vez en cuando comprar libros.

            Ahora ya no estoy (tan) chavo y tengo bastantes angustias, deudas y preocupaciones, pero si algo de bueno tiene volverse mayor es que (en la medida de lo posible) la ingenuidad se va perdiendo. Y el otro yo que hizo la lectura de El extranjero tuvo una opinión bastante distinta de la novela. Me gustó la primera vez, y no sabía por qué. En cambio, ahora sí logro identificar por qué me gusta.

 

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En el primer capítulo, Camus es lo bastante contundente para dejar en claro de qué va el libro: “Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer.”: Indiferencia, tedio y, sobre todo, soledad.

            La primera vez que leí el libro, me molesté mucho con Mersault, cuando en el funeral de su madre, una mujer, muy amiga de su mamá, llora ante el féretro. Mersault no se acerca a ella, no hace por saber su nombre, no le dirige la palabra, sólo expresa su malestar por estar ahí, ¿por qué hacía eso, después de todo la mujer estimó mucho a su madre? Más adelante, en el capítulo, cuando comienza el cortejo fúnebre, a un viejo, de apellido Pérez, le permiten acompañar la procesión, pues él fue muy amigo de su madre, se infiere que tenían una relación más allá de la amistad, pues a ningún anciano del asilo se le permitía acompañar al cortejo, sólo estar en el velatorio. Mersault, después de criticar cómo va vestido el viejo, sólo ve a Pérez con desinterés, tampoco le dirige una palabra ni se acerca, en cambio, repara en el calor: La tarde, en esta región, debía de ser como una tregua melancólica. Hoy, el sol desbordante que hacía estremecer el paisaje, lo tornaba inhumano y deprimente. (Justo como en Torreón a medio día)

            En esta relectura, entiendo perfectamente por qué Mersault muestra más fastidio que empatía o pena por los viejos, incluso muestra fastidio por la muerte de su madre, más que tristeza.

 

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El ambiente de la novela me recuerda mucho a TRC. Hay gente que dice que prefiere el calor por encima del frío. Yo estoy totalmente en contra, prefiero el frío mil veces, además la comida de la temporada de invierno es más puerca, sin mencionar que puedes dejar la cerveza afuera del refri y permanece helada más tiempo. En realidad la gente no prefiere el calor, lo que le gusta es el aire acondicionado, las nieves, los refrescos y cervezas, quizá les agraden las albercas, pero no les gusta el calor. A nadie la gusta sudar treinta segundos después de salirse de bañar. ¿O ustedes a cuántas personas conocen que salgan a caminar, por mero gusto, de 3 a 5 de la tarde? 

 

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Estamos llenos de estímulos, por todas partes recibimos información, una impuesta, otra buscada, otra tanta es sutil y subliminalmente instalada (¿cuánto falta para que existan comerciales dentro de nuestros sueños?), y ese bombardeo constante, sin que nos demos cuenta, nos aletarga, nos hace apáticos, nos vuelve extranjeros.

            Somos extranjeros en nuestra propia vida. En otras palabras, somos indolentes. Y creo que de eso va El extranjero, y en cierto sentido, el libro es una especie de advertencia, si no nos duele la muerte de la propia madre, no nos afecta asesinar a alguna persona, si sentimos fastidio por la vitalidad, como le ocurre a Mersault, ¿cuál es el sentido de estar vivos?

 

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El libro de Plataforma, de Michel Houellebecq, comienza así: Mi padre murió hace un año. No creo en esa teoría según la cual nos convertimos en verdaderos adultos cuando mueren nuestros padres; nadie llega a ser nunca un verdadero adulto. Me gusta pensar que esa premisa tiene que ver con El extranjero. Estoy seguro que, a pesar de todo el absurdo y la indiferencia, Mersault se comportaba así, insípido, desde antes de la muerte de su madre.

 

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Alejandro, un buen amigo de Saltillo, me compartió una anécdota que le contó Ana María Machado. Parafraseo lo que ella le contó: Una vez, un niño leyó un libro mío, lo leyó cuando él tenía ocho años, y le gustó mucho. Cuando su hermano pequeño, dos años menor que él, cumplió ocho años, él le leyó mi libro, él quería que su hermanito sintiera lo mismo que él cuando lo leyó por primera vez. En una charla que di, el niño, ahora de diez años, asistió. Al final de la plática se me acercó y me contó lo que te acabo de decir, releyó mi libro para compartírselo a su hermano, y me dijo que el libro era otro, que no era el mismo libro que leyó cuando tenía ocho años, que el libro había crecido junto con él.

 

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El calor, en mi ciudad, no da tregua. Siempre he considerado que el calor tiene sólo dos paliativos eficaces: un buen ventilador y una cerveza bien fría. Quizá, si Mersault, en vez de tomar café con leche se hubiera echado unas cheves, El extranjero no sería tan contundente.

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February 24, 2020

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