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Balun Canán, de Rosario Castellanos

  • 3 jul
  • 2 min de lectura

Rob Molly

“Todos los indios tienen la misma cara”, dice la hija de Cesar Argüello. La protagonista es una niña de siete años que vive en Comitán junto a su madre Zoraida, su hermano Mario y su padre. Por ella sabemos del afecto que siente por su “nana”. 

Tan pronto como iniciamos la novela reconocemos la segregación que sufrían las personas de los pueblos originarios. Curioso que casi después de cien años de las reformas instauradas por Lázaro Cárdenas, la discriminación, los abusos, la falta de educación y los desplazamientos forzados, siguen siendo temas de los cuales hablar. La nana pertenece a la casta de los indígenas y la familia, como dice la madre de la niña, es de una mejor estirpe. Aunque Zoraida misma adquirió calzado hasta que llegó a la adultez. Su padre era quien descendía de los “Argüello, dueños de una hacienda en Chiapas donde trabajaban la caña de azúcar.

Las diferencias de clases son palpables dentro de la novela. Es la nana quien sostiene la mayor parte del tiempo a la niña. Le cuida como quien vela por su propia sangre. Y la niña no comprende las liturgias de los adultos que clasifican y separa a quien ella reconoce como una igual.

La familia se desplaza a Chactajal donde se encuentra la hacienda. Tras varias peripecias, brujería, el deseo de educación que era ignorado por los dueños de la finca y un fuerte incendio provocado, es consumido poco a poco su legado familiar.

Balun Canán fue la primera novela de la escritora y poeta Rosario Castellanos. Claramente ejerce la poética para narrar la cotidianidad con un sentido elevado. ¿Puede un autor ser capaz de realzar los detalles cotidianos, el dolor, la agonía hasta el pedestal de la belleza? O como se describe un incendio si no es así: “Por qué una llama desperdigada venía insidiosamente reptando por el suelo, de prisa, de prisa, para morder los talones”. Los lectores logramos brincar esperando sentir los dientes de algo que no se dirige a nosotros. Aquí perecen fortunas, personas y animales por igual.

Devota a su nana al regresar a Comitán, la niña le entrega unas piedrecitas que le había traído como regalo. Un gesto dulce. Ya que ¿qué regalan las infancias si no es lo que esta a su alcance? La naturaleza. Ellos la ven como un aparador de regalos, buscan la roca, la hoja o el insecto que mejor vaya con su ser amado. La regalan porque es primitivo, simbólico, luminoso y puerilmente ostentoso.

Y ahí en el dulce encuentro de su hogar, las cosas logran complicarse más para la familia. La nana se va y nunca más logra reconocerla entre la marea de rostros que unificaban a una raza, la protección que les daba su casta perece y Mario es “devorado” por las fuerzas invocadas de aquellos que relegaron, tragados por lenguas que desconocían. Esta es una lectura obligatoria para todos los que pisamos la tierra de las injusticias y percibimos el mundo por medio de la poesía. 



 
 
 

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