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© 2016 by el astillero libros

El plástico y los libros

 

Vivimos en la cultura del plástico. En más de una ocasión, a todos los que colaboramos en #AstilleroLibros, nos ha ocurrido algo similar:

 

Cliente: Busco El diario de Ana Frank.

El Astillero: Sí, sí lo tenemos.

C: ¿Lo puedo abrir? (Es decir, quitarle el plástico de la envoltura)

EA: Sí, claro. Adelante.

C: Sí, sí me lo llevo.

EA: ¿Su pago es en efectivo o con tarjeta?

C: En efectivo… ¿Tendrás uno que esté cerrado?

 

Al principio me parecía absurdo (aún lo considero) que un cliente que acaba de desenvolver un libro nuevo, prefiera llevarse el mismo título, pero “cerrado”. Como si al quitarle el plástico el libro dejara de ser valioso. A pesar del cuidado que tenemos con los libros, el polvo y nuestros clientes curiosos sí pueden causarle algún daño al ejemplar, pero pensándolo detenidamente, que un libro esté retractilado no permite la interacción con él. No deja que el lector se prenda por completo del libro.

            Hace unos años, un cliente extranjero, español, para ser preciso, me hizo notar lo extraño que era que en México los libros estuvieran envueltos en plástico. Yo nunca lo había considerado, pues no he visitado librerías de otros países, y lo normal para mí, era que los libros nuevos siempre estuvieran retractilados. No puedo enamorarme del libro, me dijo aquél español, y cuánta razón tenía.

            Estoy seguro de que la industria editorial gasta millones en toneladas y toneladas de plástico inútilmente año con año. ¿Qué se hace con la envoltura de un libro inmediatamente después de abrirlo?, así es, se va a la basura.

            La primera vez que nos surtimos con libros de una editorial venida directamente de España, éstos llegaron sin plástico. Eran libros de poesía. Recuerdo mucho a una clienta, una joven, que al llegar a la librería iba directo al librero en donde teníamos esos poemarios. Ella tomaba uno y en murmullos leía algún poema, dejaba el libro en su lugar, tomaba otro y hacía lo mismo. Hizo lo mismo durante algunas semanas. Yo dejé de preguntarle si podía ayudarla en algo, pues siempre me decía que estaba viendo nada más. Creí que nunca iba a comprar nada y comenzó a molestarme que solamente fuera a ojear los libros. Nunca le hice ningún comentario al respecto. Dejó de ir a la librería, y cuando recapacité en ello ya habían pasado algunos meses desde que desapareció.

            Un día, cerca de navidad, apareció de nuevo por la mañana, entró y se fue directo al librero donde teníamos acomodados los libros de poesía. Creí que volvería a hacer lo mismo, pero no fue así, en cambio tomó cuatro títulos y se acercó a pagarlos a la caja. Le dije, Ya sabías los que te ibas a llevar, verdad, y ella contestó, Sí, es que los fui leyendo de a poquito porque estaban abiertos, en la otra librería todos están cerrados y no me dejan abrirlos. En ese momento no me di cuenta de la importancia de su comentario.

             He pensado en el plástico de los libros desde hace unos días, cuando otro cliente me pidió abrir un libro que era el único ejemplar que teníamos en ese momento, lo ojeó y se decidió a llevarlo, cuando me preguntó por otro ejemplar del mismo título, pero “cerrado”, y le dije que ese era el único que nos quedaba, vi cómo dudó en comprarlo.

             Quizá se piense que los libros que no están dentro del plástico son usados, que perdieron algún valor, o que quizá se encuentren en malas condiciones, pero reflexionando más en el tema, supongo que quienes creen en eso son lectores en formación o personas que no están familiarizadas con el libro, pues un lector empedernido difícilmente tiene esa fijación con el plástico y lo nuevo.

             Es fundamental saber qué es lo que contiene un libro dentro. Sé de algunos libros (incluso tengo varios) que si fueran juzgados por su portada su único destino sería ir directo a la recicladora.

Nos hace falta perderle el respeto al plástico.

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