Los libros no te hacen mejor persona

 

 

 

 

Nunca leí porque pensara que fuera a ser mejor persona con ello. Nunca fue la intención. Y si algo me es insoportable es que me hablen de los “beneficios” de la lectura. Cuando digo “beneficios”, me refiero a los falsos, a los que le hacen mala publicidad, a los que no tienen nada qué ver con las experiencias de lectura.

         Desde la primaria escuchamos que los libros: son buenos, estimulan la inteligencia, son para aprender, mejoran la redacción, proveen de conocimiento. He escuchado incluso que mejoran la autoestima, que dan seguridad. En algunas de estas frases hay una verdad relativa, pero eso de que las personas que leen son mejores, más listas, más cultas, más intelectuales es lo que definitivamente no soporto. Y lo de la autoestima, vaya!, conozco a un montón que ni con la biblioteca más amplia… no lo soporto porque no es del todo cierto, (los libros no son magia), y también porque eso ahuyenta a quienes tienen la tentación de leer pero se sienten torpes o ingenuos o lejos de quienes sí lo hacen con constancia y les llevan “ventaja”; porque les da pena decirlo o bien, les da flojera porque lo asocian con quien pasa mucha horas estudiando, lo asocian a una actividad aburrida.

           He conocido a muchas personas que son grandes lectores, y que eso lo emplean como una de sus máscaras, de esas que sirven para tapar inseguridades, pues bajo la etiqueta de “ser culto” y citando a autores quieren hacer menos a los que no han tenido tanto acercamiento a los libros. Ademas, asociarlos sólo con la escuela, las tareas, los estudios, la cultura y con todas esas personas insoportables que leen mucho y “saben mucho” es, creo, la peor promoción.

 

Así que partamos de esto: leer no te hace mejor persona, si no quieres serlo, digo, los libros qué culpa tienen de sus lectores. Pero bien, ¿qué es lo que sí hacen los libros? Entonces hablaré de mí, los demás pueden estar de acuerdo conmigo o no, pero pues son libres de contar su propia historia lectora.

 

I. La lectura, la infancia

La lectura carga con el peso de ser cultura y educación. No pasa así con el cine, la música, los videojuegos, los cómics, los deportes, que asociamos mucho más a la diversión y al entretenimiento. De niña disfruté por igual la bicicleta, los atrapados, los video juegos, las muñecas, la avalancha, la pelota, el cine, las caricaturas, los discos y los libros. Elegía entre jugar en la calle, frente a una pantalla, yo sola con juguetes, cantar, bailar o leer. Para mí fue muy similar a ver tv, con la única diferencia de que las imágenes de las historias las creaba en mi cabeza y estimulaba más sentidos que la vista, además los libros los podía llevar a todos lados, y no hacia falta más que un rinconcito para disfrutarlos sin hacer ruido.

 

II. La búsqueda

Cuando comencé a cuestionarme sobre mí y sobre el mundo, las lecturas fueron parte de esa búsqueda, como no me hallaba (todavía a veces no me hallo), busqué quién quería ser, a quién quería parecerme. Y encontré modelos de pensamiento y de conducta que no tenían que ver con mi entorno, y que me agradaron, me hicieron sentir menos sola. También los libros me ha confrontado conmigo y me han mostrado cientos de posibilidades de vidas; me han dado probaditas de la belleza del mundo, de lugares que nunca he visto en persona; han sido refugios, amigos y barcos; también me han mostrado las atrocidades de la historia, me han ubicado en tiempo y espacio; uf!, me han permitido saber poquito de un montón de oficios que nunca podré dominar, y conocer de ciencias, de disciplinas que amo y a las cuales nunca me dedicaré.   

 

III. Las comunidades lectoras

Del acto en solitario que implica leer comprendí después que no hay mayor promoción para la lectura que convidarla: propiciar espacios para charlar y compartir que los libros nos hacen reír, llorar, amar, que vivimos otras posibilidades a través de las palabras de los otros.

         Dice Marina Garcés que “Leer es entrar, pues, en una soledad que inventa sus propios cómplices: autores, personajes, amigos, interlocutores, y que no puede dejar de hacerlo. Cada libro abre un mundo de afectos, dentro y fuera de él, de ideas que conectan con otros, etc, desencajando los mapas identitarios, políticos, afectivos, ideológicos, estéticos, lingüísticos…”.

 

IV. Resistir

La lectura me ha dado herramientas fundamentales para comprender el mundo, a través de historias, poemas, ensayos o teorías. Herramientas que en mi caso no me dio la escuela ni la familia. Herramientas políticas que he podido compartir y convidar, que me han permitido ser parte de la construcción de comunidades en pro de algo, que me han acercado a personas que, sin los libros de por medio, quizá jamás habría conocido.

          Los libros a mí me han permitido resistir. Resistir a este mundo de contradicciones. Despacio, sí, pero con herramientas y de la mano de otros, de otras. Porque ¿qué puede ser más resistente que sentirse acompañado en una sociedad que te enseña a que sólo veas por ti?

          

Por todo lo anterior es que los defiendo y los promuevo. Sin embargo, me encantaría que dejaran de verse como esos objetos de la alta cultura. Podríamos comenzar por emplearlos como un juego, como una actividad que no se deja cuando ya creciste. A mí todavía me dan ganas de ir a casa de mis amigos y amigas, con un libro en brazos, y decir: ¿jugamos? Y no se queda en las ganas, hay con quienes sí juego y convido y reflexiono y me divierto.

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February 24, 2020

February 18, 2020

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